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BIOGRAFÍA


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BIOGRAFÍA


Nico Casal

Nico Casal tiene un Oscar, y seguramente haber tocado una estatuilla dorada se cuente entre los momentos más emocionantes de su vida. El Oscar no es exactamente suyo, o no en exclusiva, pero el premio tampoco hubiera llegado sin su aportación: en 2015, cuando apenas llevaba tres años buscándose la vida como compositor en Londres, Nico escribió la música de Stutterer, un cortometraje dirigido por Benjamin Cleary. El corto tenía pocas palabras, atropelladas cuando salían de la boca del protagonista tartamudo, de modo que la música llenaba buena parte de las escenas con una fluidez compensatoria: el piano de Nico tenía, por lo tanto, la responsabilidad de transmitir con potencia el mensaje completo y enfatizar las emociones, que es lo que hace la buena música de cine. La de Stutterer era una pieza breve y diáfana, y merecía lo mejor. Ganar un Oscar, cuando trabajas en el cine, es lo mejor.

 

Nico Casal había colaborado con directores jóvenes en su adolescencia, desde que era un estudiante de conservatoria en Galicia con afición por componer, y sus piezas llenaban los silencios en diferentes cortometrajes amateurs; era un aprendiz de mago con un estilo definido que encajaba como un guante en el montaje de las imágenes; su música emanaba de diferentes tradiciones preocupadas por generar una pulsión emotiva instantánea –desde el impresionismo de finales del siglo XIX, tan adornado y liviano, al minimalismo europeo vinculado a la escena del ambient–, y en pleno siglo XXI eso a uno le lleva a componer fundamentalmente para las películas o para las compañías de danza, y no tanto para los estrenos solemnes en auditorios.

 

El lenguaje cinematográfico tiene reglas distintas a las que un compositor debe aplicar, por ejemplo, si escribe una ópera, una sinfonía o un cuarteto de cuerda. Hay una convención –entre las muchas que hacen interesante a las bandas sonoras contemporáneas– que pasa por subrayar las emociones y compartir el espacio delimitado por el fotograma como si fuera una capa más del aire que lo rodea, y eso implica ser sutil, delicado y no buscar complicaciones: algo directo y al corazón. Ese es el lenguaje de Nico Casal: un impresionismo sencillo, lírico y funcional que va al grano porque no hay tiempo para entretenerse.

 

En la literatura pianística hay diferentes niveles de complejidad. El siglo XIX, tan torrencial y apasionante en su desarrollo, siempre ha entrañado una cierta o gran dificultad: las pasiones se mezclan con construcciones complejas, y sin duda es la música para piano más dificultosa que existe –sólo se alcanza la cúspide cuando se entiende, si es que es posible captar su misterio por completo, a Beethoven, Chopin y Liszt–. Con la llegada del cine, las sensaciones que se busca despertar en el espectador/oyente ya no dependen exclusivamente del compositor, y por tanto la tarea de comunicar los afectos, sombríos u optimistas, responde a una división del trabajo lógica; puesto que las imágenes también hablan, la música deja de tener la ambición de la poesía, su métrica y su épica, y se acomoda en el estatus, nada despreciable, de aroma o perfume.

 

En el comienzo del siglo XXI, la escuela minimalista que se desarrolló entre las décadas de los sesenta y los noventa, entró en contacto decisivo con los lenguajes del pop y la música ambient. Los roces no eran nuevos, pero en aquel momento empezaron a intensificarse por motivos diversos: por una parte, emergió un público educado en la electrónica sutil que demandaba una ampliación de la paleta de texturas, y una nueva generación de músicos jóvenes, que adoraban por igual a Schubert y a Scriabin, pero que también habían escuchado a Michael Nyman y Arvo Pärt, que buscaban la manera natural de integrar influencias dispares, pero emocionalmente cercanas. Una pieza en particular de Pärt, “Für Alina”, se convirtió en un tótem para toda una camada de compositores obsesionados con la fragilidad: aquella miniatura extática proponía la transformación del piano en un cuerpo aéreo y sutil, cada nota era ingrávida, la música tenía que llenar el silencio con una versión corrupta del mismo silencio.

 

Nico Casal es una nueva figura que sigue los pasos de esa escuela de composición europea actual que, entre la tradición impresionista, el ambient, la música de cine y el pop, ha conseguido aglutinar, con paciencia y talento, un nuevo público para la música de tradición occidental. Max Richter, Ólafur Arnalds, Anton Batagov o el muy añorado Jóhann Jóhannsson comenzaron a desarrollar su música en base a referencias heterodoxas, y no siempre afines al canon clásico: por ellos fluye la infinita tristeza de Samuel Barber, la evanescencia de Brian Eno, el equilibrio estable entre ritmo y melodía de Michael Nyman, la sensación de hundimiento de Gavin Bryars; música sin misterio y a la vez sin complejos, pues su apuesta por la tonalidad puede parecer conservadora, pero se hace con una intención innegociable: incrementar el poder de comunicación. Música por tanto, que se filtra en el espacio y el lugar como una brisa fresca de verano.

 

A Nico Casal, lógicamente, el cine se le queda pequeño. Sin abandonarlo, porque llegarán proyectos importantes en el futuro, también ha decidido crear él mismo sus propias películas imaginarias, cortometrajes creados a partir de archivos mentales y chispazos de recuerdos como los de Alone, un disco de miniaturas para piano –con sutiles apoyos de sintetizador y cuerdas– en el que está resumido su estilo claro y su enorme potencial: progresiones de acordes que emanan del vacío, que buscan un clímax, pero que se diluyen en el silencio sin haber podido explosionar del todo. La búsqueda incesante de una liberación emocional –Alone parece hablar sobre la quiebra definitiva de una relación sentimental, es la banda sonora del final de un amor que durante un tiempo fue bello y único y que ya no da más de sí– que, sin embargo, prefiere abortar a tiempo para que, en el recuerdo, quede la sensación de una realidad difuminada, de una emoción borrosa. Hay una pieza que lo resume perfectamente en el título: It’s Fine, But it Hurts [Está bien, pero duele]. Cuando parece que la música sólo flota y se va, resulta que ha calado y se ha metido bajo la piel. Y entonces duele.

 

Javier Blánquez

Periodista de Barcelona

Octubre 2018